

Algún día de agosto de 1916.
Frente occidental de la batalla de Verdún. Primera Guerra Mundial.
Verdún es, posiblemente, una de las ofensivas y contraofensivas más sangrientas en la historia de la humanidad.
En los 302 días que duró esa barbarie de aniquilación y desgaste, más de 700.000 soldados cayeron en aquel infierno de barro, metralla y sangre.
Las posibilidades de salir vivo de aquello eran, sencillamente, ridículas.
A menos, claro, que llevaras encima el libro adecuado...
El legionario francés Maurice Hammoneau aguarda en su miserable trinchera a que amaine el interminable bombardeo desde las líneas alemanas.
Mira al cielo.
Sabe que en breve cruzará el humo una bengala: la señal premonitoria de tener que calar bayonetas y saltar al exterior,
a mirar de frente y con ojos aterrados la devastación.
Acostumbrado a las «horas muertas» — hasta el tiempo llevaba un componente de defunción— , Hammoneau aprovechaba para leer.
En el bolsillo izquierdo de su guerrera, a la altura exacta del pecho, lleva un ejemplar en francés de Kim, la celebérrima novela de Rudyard Kipling.
No lo lleva por capricho ni por superstición.
Lo lleva porque en las trincheras de Verdún un libro era, a veces, lo único que separaba tu mente del abismo
(junto con el alcohol, las drogas y las partidas de cartas...).
Ese día, también lo separaría de la muerte.
Para entender lo que estaba viviendo Hammoneau, hay que conocer dónde estaba y qué grado de salvajismo imperaba allí.
Verdún no era una batalla al uso.
Era una estrategia de exterminio, de aniquilación.
El general alemán Von Falkenhayn lo había diseñado así de frío:
obligar a los franceses a concentrarse en un punto y desangrarlos allí hasta que no quedara ni nada ni nadie.
El 21 de febrero de 1916, a las 7:15 de la mañana, se abrieron las puertas del infierno.
(No creo ni que Dante Aligheri hubiera podido crear un círculo más brutal en su «Infierno» de la Divina Comedia. )
En una sola jornada cayeron más de un millón de obuses sobre suelo francés.
Un millón.
Las trincheras se hundieron.
Los bosques desaparecieron.
Como describió Shakespeare en La Tempestad:
«El Infierno está vacío y todos los demonios están aquí».
El paisaje quedó convertido en un mar de cráteres que el corresponsal de un periódico lo describió como «un panorama lunar».
Y eso fue solo el primer día de los 302 que duró aquello.
El pintor Franz Marc, alistado voluntario, escribió desde el frente:
«He visto las cosas más terribles que puede concebir la imaginación humana».
Un obús lo mató el 4 de marzo de ese mismo año.
Los que sobrevivieron al día siguiente tuvieron que volver a sobrevivir al día siguiente.
Y así, 302 veces.
Hammoneau era uno de esos hombres.
Y ese día en particular, una bala alemana encontró su camino hacia el bolsillo izquierdo de su guerrera.
Impactó contra el libro.
La bala atravesó la cubierta, atravesó página tras página de Kim...
y se detuvo a veinte páginas del final.
Solo veinte páginas.
Hammoneau salió con vida gracias a la extensión de la novela también.
Semanas o meses después —la guerra no perdona calendarios—,
un paquete llegó a la dirección del escritor Rudyard Kipling.
Lo enviaba un soldado francés de apellido Hammoneau.
Dentro había un ejemplar de la traducción francesa de Kim con un agujero de bala tan profundo que solo habían sobrevivido las últimas veinte páginas.
Y una carta.
En ella, Hammoneau, contaba que, de no haber llevado ese libro en el bolsillo a la altura del pecho ese fatídico día, no habría logrado sobrevivir a la batalla.
El paquete contenía también la Cruz de Guerra que le habían otorgado por su valor en combate.
Se la enviaba a Kipling, en agradecimiento.
Kipling recibió aquel envío profundamente conmovido.
Y hay que entender por qué.
Kipling había perdido a su propio hijo en aquella misma guerra.
John Kipling murió en la batalla de Loos, en 1915, con dieciocho años, en el primer día de combate. Su cuerpo tardó décadas en ser identificado.
Un hombre que había perdido a su hijo en esa guerra recibía ahora el testimonio de otro hijo —un desconocido francés— al que un libro suyo había mantenido con vida.
El escritor británico insistió en devolver de inmediato la medalla y el libro a aquel soldado francés.
Quería que Hammoneau se los legara a su hijo varón, Jean, recién nacido.
El ejemplar de Kim, con su redonda herida de bala, es hoy uno de los tesoros más valiosos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
Un libro con un agujero.
El agujero más caro,
—y quizá doloroso—,
del mundo.
Kipling no salvó a Hammoneau el día que escribió Kim.
Lo salvó el día que Hammoneau decidió llevarlo consigo.
A veces los libros no te cambian la vida solamente en el sentido figurado y elevado que tanto nos gusta repetir en las solapas y en los discursos de entrega de premios.
A veces, simplemente, te la salvan.
Literalmente.
