Control de frontera

15 de abril de 2013

¡Don Ángel Aguado Cañamares!

¡Don Ángel Aguado Cañamares!

Nunca escuchar mi nombre y apellidos me había causado tanto temor.

Ni cuando los pronunciaba mi profesor de Lengua en bachillerato, y yo no tenía ni pajolera idea de cómo descifrar el análisis sintáctico de una frase que había en la pizarra.

Escuché esas tres palabras en un sitio donde lo último que deseas es que te ocurra eso.

No, no estaba en una tómbola, y no me había tocado un perrito-piloto;

ni me había perdido en un centro comercial y alguien me buscaba preocupado...

Me encontraba en Peñas Blancas, puesto fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua, primera —o última, según el sentido— frontera que existe entre Colombia y Estados Unidos en la ruta terrestre del narcotráfico y considerado como el punto más caliente en el tránsito de estupefacientes.

Que en un sitio así suene por megafonía tu nombre, te pone más nervioso que ir con zapatos de payaso en un campo minado.

Yo creía que era uno más entre esas más de seis mil personas que cruzan la frontera por ese punto.

Pero alguien debió de pensar que no era uno más.

Me levanté de aquel banco donde varios ticos (coloquialmente, costarricenses) y nicas (coloquialmente, nicaragüenses)

me miraron con cierto aire de incredulidad, al ver a un mochilero como yo que, con aire preocupado, me dirigía a lo que creía podían ser las dependencias donde me reclamaban.

—Disculpe, me acaban de llamar por megafonía, —le dije a aquel militar que portaba un subfusil que no había visto ni en las películas de Rambo.

Con un leve gesto, y subiendo su brazo para indicar lo que parecían ser unas oficinas, me despachó en dos segundos.

(A saber cuántos le preguntarían al cabo del día).

Llamé a la puerta levemente, con ese respeto que te impone una situación que no tenías prevista y no sabes a qué te puedes enfrentar.


—Pase, —una voz firme salió desde dentro de la estancia.

Mi corazón parecía como si quisiera aleccionarme y me advirtiera: «Ahora que estás en esta situación no me pidas que bombee menos sangre, que te vas a caer al suelo si no lo hago, chaval».

— Hola, buenos días, oficial —lo de «oficial» lo sumé a mi saludo presumiendo inconscientemente que daba cierta formalidad a mi saludo—, soy Ángel Aguado Cañamares, me han llamado por megafonía.

Pasados los años no me acuerdo de cuánta gente había en esa oficina;

de si el mobiliario era grande o pequeño;

si había ventanas o sillas para sentarse...,

pero de lo que tengo un claro recuerdo es de la cara risueña del agente que me dijo:

«¡Ah, sí, siéntese, por favor!».

Que te inviten a sentarte y que te reciban con una leve sonrisa en un sitio como aquel, que debía de ver de todo, podías interpretarlo como algo positivo o como algo negativo.

Yo opté por lo primero.

—Verá, señor Aguado, —continuó con voz tranquila— en su cédula de inmigración, en la casilla de «PROFESIÓN», usted ha puesto «Corrector de libros», y ni yo ni el resto de compañeros de esta Comandancia sabemos qué significa y si podría usted ser tan amable de explicárnoslo.

El tono de su voz y el gesto que la acompañaba no era amenazante, ni irónica, sino todo lo contrario, era de una sencilla curiosidad.

Mi sorpresa ante tal pregunta —y viendo que la cosa que yo creía motivo de mi retención era de los más sorprendente—, me dispuse a describirla torpemente.

No sé exactamente qué le dije a aquel funcionario, pero me llenó de orgullo saber que, a más de ocho mil kilómetros de mi casa, en un sitio remoto, alguien tenía interés en mi profesión.

Al acabar mi esbozo de lo que era un corrector de libros, el hombre, me miró fijamente y exclamó:

— Ah, ahora entiendo, ¡usted es un «guardián de la lengua!».

No sé qué palabras balbuceé en ese momento para afirmar que era así, que yo intentaba ser un malabarista de las palabras ajenas para que al puzle no le faltara ninguna pieza y el paisaje se pudiera disfrutar al completo (ojalá hubiera dicho eso).

Nunca he vuelto a tener ganas de dar un abrazo a nadie cuando le he comentado a qué me dedicaba.

Aquel episodio jamás se me ha olvidado y, sobre todo, lo recuerdo en muchos momentos en que pienso si, ser corrector de libros, es una de las profesiones más bonitas que existen.